Bello y fascinante visualmente, en “Locutorio” no todo va en el rumbo correcto

05 de Junio de 2017

Pedro Labra Herrera

“Determinante de la puesta es que imagina al ‘locutorio’ como dos cabinas transparentes adosadas, la de adelante ocupada por ella, la posterior por él….”.

Escrito en Madrid en 1976, “Locutorio” es el segundo título del tríptico de Jorge Díaz en cartel por estos días, un casual ciclo retrospectivo de la prolífica y multifacética dramaturgia del notable autor Premio Nacional, a 10 años de su deceso.

Fuente. elmercurio.com

Estreno en Santiago, pero con varios montajes regionales, se ofrece en una propuesta contemporánea dirigida por Cristián Plana, de reconocido talento. Él resignifica la obra -o al menos eso intenta- a partir de un planteamiento espacial y visual inquietante y de excepcional categoría estética (aunque no queda claro si a fin de cuentas sus partes se articulan orgánicamente).

Esto es como la versión más brutal y feroz de “El cepillo de dientes”, escrita también para un actor y una actriz 16 años antes. Pero no en plan cómico, sino como teatro poético socavado por la irracionalidad y con una poesía patética y desesperada. Sin duda, una obra de madurez creativa. Aquí hay una situación a-dramática y sin psicologismo, que no avanza, porque los dos personajes son cautivos de un espacio y tiempo inertes, en un lugar claustrofóbico que es un callejón sin salida (como en “Huis clos”, de Sartre).

Un matrimonio de viejos decrépitos conversa como cada sábado en no se sabe si un asilo de ancianos u hospital psiquiátrico, haciendo recuerdos de un pasado que no volverá. Pronto el diálogo sugiere que es dudoso quién visita y cuál es el enfermo, tal vez ambos son pacientes allí. Más aún, quizás jamás tuvieron una historia en común y no son quienes dicen ser, sino que fingen ser otros. Lo que parecía rutinario se convierte en un ritual de la más devastadora y angustiante soledad, una espiral de mentes en desarticulación a causa de la vejez, la locura o la muerte. Plana aplica a este texto la noción de ‘dramaturgia especulativa’, pues en él no hay certezas, todo lo que se afirma es hipotético, sin asidero en hechos concretos.Determinante de la puesta es que imagina al ‘locutorio’ como dos cabinas transparentes adosadas, la de adelante ocupada por ella, la posterior por él. Ambos no tienen chance alguna de tocarse o tener contacto directo, porque un panel traslúcido los separa: cada cual prisionero en la caja de su propia soledad. Lo fascinante de este brillante dispositivo escénico radica en que, con ayuda de las luces, crea múltiples entrecruces de reflejos y distorsiones ópticas. Así no solo los datos que escuchamos son poco fiables, sino que a menudo no sabemos si las figuras que vemos son reales, o un espejismo visual, una ilusión, pura apariencia. Por esa vía el montaje adquiere rasgos abstractos o fantasmagóricos, y de zambullida en la virtualidad.

Alejándose del doloroso reflejo de la soledad y la vejez que propuso Díaz, el eje parece desplazarse a la soledad en la locura o la muerte. Hacia el desenlace, la obra se vuelve cada vez más onírica y espectral, como si estuviéramos ante una pesadilla alucinatoria o el delirio que precede al último suspiro. Tal vez por eso el director puso a Ella en primer plano, y eligió para ese rol a Millaray Lobos, actriz de mediana edad que no intenta encarnar una vieja; por el contrario, su desempeño tiene un tono desbordado, y movimientos artificiosos que a veces bordean la danza. Con todo, Alejandro Sieveking (82) y su admirable interpretación de corte más natural, impone desde el segundo plano la cuestión de la vejez. Todo lo cual indica que al fin y al cabo, y pese a sus muchos méritos y esfuerzos, algo no logró cuajar en la relectura de Cristián Plana.

Centro GAM. Av. Libertador Bernardo O’Higgins 227. Miércoles a sábado a las 21:00 horas. Desde $3.000. Informaciones al 225 665 500.