Dramaturgo chileno

Jorge Díaz

Biografía

Jorge Díaz ha sido uno de los autores chilenos (y latinoamericanos) más prolíficos y premiados. Su enorme producción se resume en más de 200 obras teatrales de variada extensión, entre las cuales hay casi 40 obras para infancia. Hay alrededor de 50 libros publicados de su autoría en diversos idiomas, entre los que se encuentran -además de las antologías de obras teatrales- teatro escolar, cuentos y novelas para infancia, narrativa breve y aforismos.
Además, escribió para radio y televisión (incluso trazó el esquema dramático de una ópera sobre Óscar Wilde), e incursionó en la arquitectura, pintura, diseño y dibujo. Ha sido reconocido con el Premio Nacional de las Artes de la Representación y Audiovisuales en Chile en 1993 además de otros 42 premios y concursos de organismos culturales de diversos países. Su archivo es conservado en la Universidad de Princeton y parte de él es accesible en el repositorio de este sitio web.

Jorge Díaz Gutiérrez dramaturgo, arquitecto, dibujante, pintor, guionista de radio y televisión y poeta chileno, nació en la ciudad de Rosario, Argentina, el 20 de febrero del año 1930. Hijo de padres españoles; su padre nació en Valdepares, un pueblo asturiano que mira el mar y su madre vasca, en San Sebastián. Llegaron a Chile en 1934, cuando Jorge tenía apenas cuatro años, después de un difícil viaje en auto cruzando la cordillera con sus padres y sus tres hermanos mayores.

Obtuvo la nacionalidad chilena y por su ascendencia española tuvo también la de ese país. Esta doble ciudadanía, incluso triple si consideramos su nacimiento, permitió que con frecuencia los periódicos de uno y otro país lo reconocieran como compatriota, por lo que es posible encontrar en el archivo documentos que lo identifican como chileno, argentino, hispano-chileno en diferentes momentos y -de manera más específica- madrileño. El mismo autor reflexionó en diversas entrevistas sobre su nacionalidad y arraigo múltiple, de cierta forma apátrida y extranjero en todos lados: “No soy ni español ni chileno. Profundamente, uno no es nada, uno es simplemente una persona. Alguien que trata de encontrar rincones donde sentirse confortable, donde no sentirse muy agredido, cosa que es difícil en todas las ciudades.”

Rodriguez Villouta, Mili.
“Díaz en su balsa”
Apsi, 469 pág. 48

Yo había asumido el desarraigo como una opción de vida, pero creo que lo que tengo es un multiarraigo, porque tengo una gran capacidad de adaptación a los lugares, siempre que domine las claves del lenguaje. En España mis claves vitales no se han cortado, no están ‘cortocircuitadas’. Me interesan y gozo con las diferencias entre los lenguajes (español, argentino, chileno), con las distintas claves de comunicación.

Hoy 525
10 al 16 de agosto de 1987
pág. 46

Díaz reconoció con humor que esta ambivalencia entre ser chileno y español generaba incluso contradicción en la prensa y que a veces también se ha reconocido como argentino: «Cuando me entregaron el premio Tirso de Molina en 1985 aparecieron el embajador de Chile y el de Argentina. Como el de Chile era el embajador de Pinochet, yo me corrí de su lado y me fui con el argentino», confiesa con picardía.

Al mismo tiempo, esta multiplicidad forma parte de la profunda influencia ejercida por su ascendencia española, su infancia y juventud en Chile, las décadas de su adultez en España y luego el tiempo compartido entre ambos países. Sus orígenes familiares son determinantes para lo que Díaz comprende como: “Una situación, si no de exilio, de emigración permanente. Creo que eso viene de mis padres españoles. . . Parece que es el desarraigo permanente provocado por una especie de paraíso perdido, pero así se lo transmitían a sus hijos. Por una parte es enriquecedor, te nutre de otras cosas, y por otra parte, es doloroso, tú tienes la sensación de cosas amputadas, de raíces que se cortan, es una mezcla, una ambivalencia.”

Jorge Díaz frecuentemente es descrito en entrevistas y perfiles como tierno, retraído, solitario, tímido, apasionado, movido por los afectos y la ternura y de gran sentido del humor, características que en ocasiones son presentadas en oposición a la violencia y la deshumanización que observamos en sus obras. Sin embargo, él siempre reconoce que sus obras proyectan parte de su identidad, sus reflexiones, pensamientos, obsesiones, pero que tienen muy poco de autobiográficas. La mayor parte de la prensa escrita sobre el autor suele comenzar por su vida solitaria, casi monástica, y destacar que es muy reducido el número de personas que ha entrado a su casa; su familia reconoce que frecuentemente comentaba antes de una entrevista lo complejo que era que esta opción de vida fuera comprendida sin cuestionamientos. En los documentos periodísticos se observa que hay frecuentes reflexiones sobre su vida como una tensión entre el aislamiento y la comunicación, entre la vida solitaria y la comunidad reunida en la sala teatral, tensión que se refleja en la constante indagación entre las imposibilidades y las dimensiones expresivas del lenguaje que caracterizan su obra.

Díaz junto a su sobrina y legataria María Teresa Salinas y a la destacada actriz Maité Fernández.

Díaz a los dos años en Rosario, Argentina en 1932.

Infancia y
adolescencia

La infancia y el juego tienen un rol central en la poética de Jorge Díaz, lo que se ve reflejado en las entrevistas y en la importancia que tuvo la producción de obras teatrales y narrativas para infancia, pero también en su teatro, narrativa breve para adultos y en su obra como dibujante. En uno de sus escritos más significativos, una columna publicada en La Nación llamada “La balsa”, Díaz explica la vida como la constante búsqueda de retornar a una experiencia de juego infantil: vivir la tormenta desde una balsa imaginaria que sigue presente en su vida y su trabajo en soledad.

La Nación
13 de junio de 1992

Como menciona su amigo, el crítico y académico Eduardo Guerrero en la extensa biografía Jorge Díaz: El anarquista insomne, el autor reconoce que su carácter enfermizo en la infancia promovió su imaginación desbordante: “Yo pasé la mitad de mi vida en cama con amigdalitis. Miré moverse sombras en el techo durante días enteros, semanas, años… Era la televisión de ese niño enfermizo de los años 40. Allí se desarrollaban aventuras salvajes y, por supuesto, imágenes prohibidas. Creo que en ese techo con manchas de humedad empezó todo. Ahora sigo mirando el techo, igual que entonces, solo que ahora me pagan por eso.”

Guerrero del Río, Eduardo.

Jorge Díaz: el anarquista insomne. Biografía de un hombre de teatro.

Santiago: Ediciones Universidad Finis Terrae, 2016.

Era el menor de cuatro hermanos, de una familia que vivió varios procesos de desarraigo con la que siempre fue muy cercano, especialmente con su madre, a quien escribió regularmente desde España. Este núcleo afectivo resultó determinante en su decisión de regresar a Chile, en una entrevista reflexiona: “Deseo volver no solamente porque me sale más fácil trabajar acá, sino porque soy un tipo querendón. Siempre vuelvo a la sombra del follaje de mi familia, nos regaloneamos mutuamente. En ese sentido, tengo el privilegio de pertenecer a una familia afectiva, que nos hacemos mucho cariño.”

Larraín, Rosario.

“Jorge Díaz: La posibilidad de volver siempre está presente”.

El Mercurio. 2 de agosto de 1987

Jorge Díaz como artista visual y arquitecto

Por sus inquietudes y habilidades artísticas, Díaz entró a estudiar arquitectura en la Universidad Católica de Chile, sin embargo, siempre cultivó otros intereses de manera paralela a la carrera. En una entrevista comenta: “Trabajé 10 años como arquitecto y participé en construcciones vigentes hasta hoy: el hospital y el campus San Joaquín de la Universidad Católica. Mi escuela era bien anárquica y acostumbró a sus alumnos a pensar y a soñar. Formaba pésimos arquitectos, pero estupendos creativos: de ahí salieron Matta, Antúnez, Barreda.”

Durante su juventud ingresó unos meses al teologado salesiano, entonces dirigido por Raúl Silva Henríquez (quien todavía no era cardenal), pero -como declaró en varias entrevistas nunca tuvo intenciones de ser sacerdote, pero sí le interesaba la vida monacal de creación.

Durante la década del cincuenta comenzó a incursionar en las artes visuales, principalmente en la pintura y el dibujo, con un estilo definido por la crítica de la época como manchista. Su familia conserva algunos cuadros de esa época y entre los documentos del archivo se pueden encontrar catálogos y críticas de la prensa especializada que dan cuenta de su participación en varias exposiciones entre 1954 y 1959.

Jurado, María Cristina.
“Peter Pan a los 73”.
2003

Inicios en la dramaturgia en la compañía Ictus

De manera paralela a sus estudios de arquitectura, Díaz estudió en la Escuela de Teatro. A principios de los sesenta ingresa como actor a la recién fundada compañía Ictus, que actualmente es el grupo teatral de mayor antigüedad en Chile y Latinoamérica. Entre quienes fundaron Ictus en 1955 se encontraban grandes nombres de la escena local como Claudio di Girolamo, Sonia Azócar, Carmen Undurraga, Marina González, Paz Yrarrázabal, Julio Rubio, Julio Retamal Favereau, Gabriela Ossa, Irene Domínguez, el profesor Germán Becker y Mónica Echeverría. Durante las décadas de existencia de esta emblemática compañía han colaborado una gran cantidad de actores y actrices; en el periodo de participación de Díaz destacan Jaime Celedón, Nissim Sharim, Delfina Guzmán, Jaime Vadell, Shenda Román, Carla Cristi, Maité Fernández, Vittorio Cintolesi y Gustavo Meza, entre otras personas.

Las primeras obras en las que participó fueron La alondra de Jean Anouilh Asesinato en la catedral de T.S. Eliot y La cantante calva de Eugene Ionesco.
Poco a poco se fue involucrando en la vida teatral y vinculándose con todos los aspectos de la creación escénica: además de actuar, comenzó a escribir obras y también a diseñar las escenografías y los programas de mano, trabajó varios años en la administración de la compañía y hasta ejerció como boletero. Díaz relata sus primeros ejercicios de escritura: «yo era un arquitecto egresado de la Universidad Católica y con eso me ganaba la vida, pero dedicaba las tardes al escenario, era actor en el lctus. Nací por casualidad en la dramaturgia en forma ridícula, grotesca y patética. Un día el lctus necesitaba textos para nuevas obras y, como arquitecto, era el único que tenía máquina de escribir. Entonces me dijeron, por qué no las escribes tú.”

Elenco de El velero en la botella, Teatro Ictus, 1962.

Pese a que sus primeras obras son La paloma y el espino (1957) y Manuel Rodríguez (1958), tanto la crítica especializada como él mismo ponen como punto de partida a su trabajo en la dramaturgia a la obra Un hombre llamado isla (1960). Eduardo Guerrero reconoce este estreno como el inicio de una primera etapa de producción, que se encuentra acotada a su trabajo en Chile hasta finales de los sesentas, cuando parte a España. El crítico plantea que este momento conforma “un inicial ideario estético: situaciones absurdas, presencia del humor (a veces negro, corrosivo), personajes en situaciones límites, dialéctica vida/muerte.”
Guerrero del Río, Eduardo. Jorge Díaz: el anarquista insomne. Biografía de un hombre de teatro.
Santiago: Ediciones Universidad Finis Terrae, 2016. Pág. 88.
Además de las obras mencionadas anteriormente, en esta etapa se incluyen Réquiem por un girasol (1961), El velero en la botella (1962), El lugar donde mueren los mamíferos (1963), Variaciones para muertos de percusión (1964) y El nudo ciego (1965). El mismo Díaz hace referencia a este ciclo, al señalar:

Empiezo a trabajar, investigar, escribir y estrenar en un teatro cuyo público habitual está formado por una minoría económicamente fuerte, bien informados, acostumbrados a viajar y muy europeizados, en general. Mi educación, mi formación intelectual es precisamente la de ellos. Yo me convierto así, involuntariamente, en su vocero autorizado. De la noche a la mañana me convierto en el autor de moda. La lucidez de esta situación me sobreviene paulatinamente. Estreno ‘Un hombre llamado Isla’ , ‘El velero en la botella’ , ‘El lugar donde mueren los mamíferos’ , ‘Variaciones para muertos de percusión’ y ‘El nudo ciego’. Sólo después de estrenar y de enfrentarme una y otra vez con el mismo público complaciente me doy cuenta que mi propósito de denuncia crítica es fundamentalmente ingenuo porque es ahogado cada vez por el aplauso benévolo y el palmoteo en el hombro.

Díaz, Jorge.
Teatro chileno contemporáneo.
México: Editorial Aguilar, 1970

Si bien en esta cita el dramaturgo hace referencia a un momento específico de su producción teatral, es posible observar en toda su trayectoria un constante cuestionamiento respecto de cómo la audiencia dialoga con sus propuestas críticas y una constante búsqueda por comunicarse con su público sin caer en la complacencia, para ofrecer una mirada crítica que realmente les interpele.

Esta consagración como autor nacional, va de la mano con el reconocimiento de su obra como parte de la categoría de Teatro del absurdo, un término acuñado en 1961 por el académico Martin Esslin en el que distingue en la producción dramática de la época un grupo de autores que presentan un abandono sistemático de los mecanismos racionales y las convenciones tradicionales, revelan una radical devaluación del lenguaje y comparten con el existencialismo las reflexiones sobre la irracionalidad de la condición humana pero abandonan el razonamiento lúcido y la construcción lógica del discurso que el movimiento francés mantuvo. Siempre resistente a cualquier categorización, Díaz rechazó consistentemente los vínculos con esta etiqueta, principalmente por el lugar consagratorio que le daba a su propuesta crítica:

Yo lo llamaré más que del absurdo, un teatro de contradicción propia de una clase social. En Chile el teatro está sustentado, apoyado y en cierta manera dirigido (aunque no lo queramos reconocer), por una burguesía bien formada y entonces yo, de alguna manera, me convertí en su vocero autorizado.

Zambrano, Nabor.
El Nacional, cuerpo C página de arte
Jueves 26 de marzo de 1981

Esta disconformidad respecto al rol social que estaba cumpliendo su obra en Chile, lleva a Jorge Díaz a tomar la decisión de trasladarse a España de forma indefinida y dar comienzo a una nueva etapa productiva.

España

Las tensiones políticas en Latinoamerica y Chile de las últimas décadas del
siglo veinte muchas veces se vincularon con la residencia de Díaz en España,
llegando incluso algunas reseñas a perfilar al autor como un exiliado y vincular
su crítica al autoritarismo, la violencia y el poder con determinadas ideologías
políticas. Sin embargo, él siempre fue muy claro al rechazar esa condición y
cualquier militancia. Su traslado fue motivado por procesos personales, no
históricos ni sociales y, sus propuestas creativas se vinculaban con un cuestionamiento profundo de la existencia y la comunicación humana, que bien podrían interpretarse como críticas a bandos opuestos en diferentes contextos.
En las entrevistas recurrentemente le preguntan por su cambio de vida, en una
de ellas el autor reflexiona:

Vergara, Pilar.

“Jorge Díaz, dramaturgo triunfador
y ausente: La sensibilidad del
público chileno no se encuentra en
ninguna otra parte.”

La Segunda, 26 de marzo de 1982.

Vergara, Pilar.

“Jorge Díaz, dramaturgo triunfador
y ausente: La sensibilidad del
público chileno no se encuentra en
ninguna otra parte.”

La Segunda, 26 de marzo de 1982.

Su arribo a la península marcó varios cambios, tanto en su estilo de vida como en su dramaturgia. La distancia y la perspectiva de escribir desde otro contexto sociopolítico mirando Latinoamérica marcan la producción de la segunda mitad de los sesentas y los setentas. En estos años Díaz escribe grandes piezas como Topografía de un desnudo (1966), El génesis fue mañana (1966), Introducción al elefante y otras zoologías (1968), Liturgia para cornudos (1969), La orgástula (1969) y Americaliente (1971) entre otras obras que fueron estrenadas primero en España y Chile y rápidamente se llevaron a escena en otros países de Latinoamérica, Europa y en Estados Unidos.

En estos textos se despliega una mirada crítica de la sociedad y las relaciones de poder que evidencian una profunda reflexión sobre la violencia que se conecta de un modo mucho más evidente con la contingencia más cercana al teatro documental en Topografía de un desnudo y a la sátira en Introducción al elefante y otras zoologías.

El autor, al comentar su llegada a España, señala:

Llegué a Madrid con una sensibilidad
social muy limitada, al toparme con la
dictadura de Franco esta maduró. No es
coincidencia que mi primera obra ahí haya
sido ‘Topografía de un desnudo’, que pude
escribir por el impacto que me provocó
mirar a América Latina desde la dictadura
española. Mis obras se volvieron de
denuncia, aunque nunca he militado.
Empecé a hacer cosas inimaginables aquí
como ‘Toda esta larga noche’, de contenido
fuertemente libertario.

Durante este periodo reincide en la experiencia de trabajo colectivo con el Teatro del Nuevo Mundo. Al alero de esta compañía, Jorge Díaz conoce el trabajo de teatro itinerante, el que viaja con un baúl y en el que todos los integrantes participan en los diversos aspectos de la producción. Recorrieron toda España, algunos países de América y Europa, incluso Australia. Junto a la chilena Magdalena Aguirre, Pedro Meyer y Luis Ipinza (entre otros actores y actrices de ambas nacionalidades), realizan giras por diversas localidades, con un teatro mucho más vinculado a las comunidades, de pocos recursos económicos y mucha simpleza en lo escénico. Comenzaron en plena dictadura franquista, por lo que para sortear la censura presentaban guiones de conferencias que a los pocos minutos se dramatizaban con intervenciones de la compañía. En el programa de mano de la obra La pancarta, se definen del siguiente modo:

Teatro de nuevo mundo es un grupo formado
por hispanoamericanos y españoles. Su
espectáculo es un “collage” que invita al
diálogo. No tenemos que mostrar obras
maestras. No las hay. Vamos a comparar
problemas, mostrar caminos penosamente
abiertos dentro de un panorama desolador.
El teatro hispanoamericano más que una
realidad, es una posibilidad. Y eso ya es
bastante.

Desde 1972 y por más de una década, trabajó con la compañía de teatro infantil Los Trabalenguas. Integrada por Amparo López Baeza, Ismael Abellán, Pedro Meyer, Pedro Muñoz y Julio Fischtel, este colectivo también trabajó itinerando por diversas localidades a través de toda España. El repertorio comenzó con una adaptación de Chumingo y el pirata de lata que Díaz había escrito para Ictus en colaboración con Mónica Echeverría y fue sumando nuevos títulos como Rascatripa (1973), Cuentos para armar entre todos (1975) y El mariscalito (también titulada El generalito, 1979), entre otras.

Durante los años de colaboración con Los Trabalenguas, Jorge Díaz siguió escribiendo dramaturgia para adultos. Si bien usualmente compartía con personas cercanas los textos en proceso y muchas veces escribía pensando en un trabajo con alguien en específico, su trabajo creativo fue decantando cada vez con mayor fuerza hacia la escritura en solitario, en la que se centró desde los ochenta. Frecuentemente Díaz describe su vida en Madrid como rutinaria y con tiempos de trabajo muy constantes y definidos, que se intercalan por momentos en el café cercano a su casa y sus encuentros con su gran amigo, el obrero madrileño Blas Sarmentero y su familia, quienes regularmente lo acogían para cenar y conversar de la vida cotidiana. Ese rigor le permitió ser reconocido como el único dramaturgo chileno que vivía de su escritura, ya que podía sustentarse gracias a los premios y distinciones por su obra teatral y a su escritura de guiones para radio y televisión. Este paso a un proceso creativo más solitario nunca implicó que para Díaz su obra no estuviera abierta a nuevas lecturas y re interpretaciones, muy por el contrario, siempre promovió una relación de total libertad con sus obras.

Al respecto el autor reflexionó en una entrevista:

– Usted dijo que sin un grupo detrás no
podía escribir… -Fue así durante años. Pero luego me di
cuenta de que se estaba produciendo una
situación complicada: la gente joven a la
que me acercaba me trataba con respeto.
Eso es lo peor que puede haber en una
relación artística, que deben ser
irrespetuosas, libres. Cuando me acerco a
gente joven, me tratan como a un maestro y
me desagrada tanto.

A esta etapa de producción corresponden algunas obras sobre Pablo Neruda, como personaje o desde su entorno y contexto como Desde la sangre y el silencio o Fulgor y muerte de Pablo Neruda (1980), Matilde (1987), Pablo Neruda viene volando (1991, en colaboración con ICTUS) y obras que se estrenan tanto en Chile como España como Esplendor carnal de la ceniza (1984), El desasosiego (1988) y Un corazón lleno de lluvia (1989) entre muchas otras.

Premio Nacional de las Artes de la Representación y regreso a Chile

Jorge Díaz siempre mantuvo una relación estrecha con su familia en Chile y un constante interés por dialogar con la escena nacional. Sus obras se estrenaban regularmente en el país, lo que se refleja en los documentos del archivo que contienen registros de la prensa a lo largo de todo nuestro territorio. Sin embargo, recibir el Premio Nacional de Artes de la Representación en 1993 lo tomó por sorpresa, se sintió agradecido y convocado por esa escena teatral, motivando su regreso a Chile, que, si bien venía anunciando en entrevistas desde fines de los ochenta, se concreta casi a mediados de los noventa. Este reconocimiento propicia un mayor acercamiento al país, tanto por el compromiso que Díaz asumió con su cultura como por que la pensión vitalicia que acompañaba ese premio le permitía permanecer en Santiago por estancias más largas, ya que antes debía traer la estadía financiada desde España. El autor hace referencia a este renovado apego en varias entrevistas, como la siguiente:

Cuando Chile me dio el Premio Nacional de
Arte en 1993 me sentí comprometido
absolutamente con el país y decidí
regresar. Empecé a viajar de Arica a Punta
Arenas, a dar charlas, conferencias
gratuitas, para devolver lo mucho que me
han entregado. Ahora vivo en Santiago y en
Madrid y, aunque la generosidad del medio
teatral chileno me tiene cautivo, en lo
personal aún me siento más a mis anchas en
España. Pero voy progresando.

La vida compartida entre ambos países permitió que Díaz construyera una rutina en Santiago que evocara su vida madrileña; el ritual de tomar un café y escribir se consolidó en el Tavelli de Providencia, al que asistía a diario. Este hábito se hace tan distintivo que recurrentemente aparece en las entrevistas como un espacio de “sociabilidad urbana, que consiste en no hablar con nadie pero en compartir un ámbito de vibración comunicacional que me equilibra profundamente”.
En otra conversación describe ese lugar:

En el Tavelli he encontrado una prótesis
para mi necesidad de observar gente, de
escuchar, de sentirme arropado. Pero nadie
se atreve, quien sabe si es por respeto, a
sentarse conmigo. Me saludan de lejos con
la mano y yo les respondo y a veces me
acerco a ellos. Pero no importa, porque,
entre paréntesis, soy Piscis y en el
Tavelli, a pesar de todo, está la pecera
desde donde puedo sentarme a mirar pasar a
los demás peces.

Donoso, Claudia. “Jorge Díaz: Cuando sea mayor.” Paula, noviembre 2002 pág. 100-106

Con recurrencia aparece en las entrevistas esta tensión entre la necesidad de participar de la vida de la ciudad y la de buscar espacios de soledad. También aparece con frecuencia la importancia de la amistad para Jorge Díaz, tanto en lo personal como en el ámbito creativo. El dramaturgo afirma en una entrevista: “Yo tengo cuatro o cinco grandes amigos aquí: Jaime Celedón, Carla Cristi, Lucho Poirot, Carlos Genovese, Vittorio Cintolessi y Maité Fernández.”

Jorge Díaz fue muy reconocido por sus aportes durante su vida, pero siempre vivió el reconocimiento con bastante resistencia. Él mismo, con la ayuda de sus más cercanos, solía sabotear las ceremonias en su honor, coordinando intervenciones que cuestionaban su quehacer con comentarios como este, declamado por Carlos Genovese desde el público: “Muy fácil escribir esas obritas antidictadura, sentado, engordando el trasero en un cafecito simpático de Madrid».

Marinao, Verónica.“Hoy Díaz”. El Mercurio Jueves 8 de diciembre de
2001.

Intentaba romper con las expectativas de la audiencia en homenajes y lanzamientos de libros, por ejemplo, en el marco del seminario Ovejas Negras realizado en la Universidad de Concepción el 2001 se subió a la mesa y tiró avioncitos con textos de sus Breverdades al público.
Además del Premio Nacional y los muchos concursos de creación que ganó, fue ampliamente admirado por sus pares en la escena nacional. Fue reconocido con el premio Altazor los años 2001 y 2002, la compañía Ictus realizó el ciclo “¿Cuántos años tiene un Díaz?” de cuatro días de homenajes el año 2002 y fue homenajeado en la Muestra Nacional de dramaturgia del año 2006. En esta instancia dio uno de sus últimos discursos, el que cargado de humor y emotividad, ofrece su mirada del rol del dramaturgo en el fenómeno teatral y de esta disciplina en nuestra sociedad: “En definitiva, dramaturgos, actores, directores y productores trabajamos para conseguir lo mismo: ampliar y afianzar los espacios de libertad, no para que todos sean artistas sino para que nadie sea esclavo.”

Teatro del Nuevo Mundo, España década de los setenta

Discurso del homenaje de la XII Muestra de Dramaturgia 2006 Revista Cultura, pág.5

Teatro del Nuevo Mundo, España década de los setenta

Su notoria trayectoria ha sido de gran influencia para las generaciones posteriores, que se forman leyendo sus obras y asistiendo a las puestas en escena que recurrentemente se presentan en los escenarios nacionales y en el extranjero. El dramaturgo Benjamín Galemiri, con quien tuvo una relación muy amistosa, afirmó: «Jorge es un ‘forever young’; es un creador eterno y por eso mismo se produce esa sintonía con él. Jorge es un hombre en permanente revolución . Él es un ser que siempre está analizando su época «.

San Juan, Verónica.

“Por qué Jorge Díaz es el
dramaturgo chileno más
recreado del momento”.

El Mercurio, 2002

Jorge Díaz falleció el lunes 12 de marzo de 2007 producto de un cáncer al esófago. Había dejado instrucciones de que no se hicieran homenajes ni discursos, solo una ceremonia sencilla. Durante la misa el sacerdote Pablo Walker comentó que en sus últimos días le preguntó qué había querido decir con su vida “Díaz no respondió de inmediato, pero dijo que había querido mostrar «el misterio de la vida». Sin embargo, más tarde ahondó en la respuesta: «Quise decir que cualquiera pudo ser el torturador y cualquiera el torturado».

El Mercurio

Jueves 15 de marzo de 2007