Galería


de obras

Todos los dramaturgos sabemos que estamos pisando un terreno minado: el escenario. Traemos un texto escrito en casa y el escenario lo hace saltar por los aires. Una cosa son las palabras escritas y otra muy distinta que estas palabras desencadenen emociones mudas, acciones imprevistas, tensiones subterráneas en seres vivos que interactúan en el espacio. El escenario está lleno de corrientes de aire cruzadas que desvían o apagan la llamita que creíamos que iba a provocar un gran incendio. Si nos transformamos en vigilantes del fuego seremos una caricatura y la liturgia quedará reducida a una parodia ridícula. El milagro tiene que ser colectivo o no habrá milagro. Sabemos que nuestro aporte es uno más, ni siquiera el fundamental. Hay otros lenguajes más allá de nuestra propuesta oral. La luz, los cuerpos en movimiento, el espacio, el temblor, el público, las texturas, el color, las voces rotas o afónicas, las amnesias parciales, la improvisación, el universo poético del director y también el azar, la combinación de factores imprevisibles de cada función.

Teatro para adultos

Teatro para infancia