Jorge Díaz en el recuerdo de Alejandro Sieveking

12 de mayo de 2017

ENESTO GARRATT VIÑES
Reportaje
El Mercurio

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El aplaudido dramaturgo actúa en “El locutorio”, la obra que escribió su amigo y “colega” Jorge Díaz y que, como parte de la conmemoración de los 10 años de su muerte, llega mañana al GAM bajo la mirada de Cristián Plana. En estas líneas, Sieveking rememora cómo lo conoció, la desconocida influencia del autor de “El cepillo de dientes” en su carrera y la relación amistosa, epistolar y profesional que tuvieron tanto en el exilio como dentro de Chile.

 

EL INICIO:
DESDE EL FANATISMO. “Yo estudiaba en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile y en ese tiempo los teatros universitarios eran como una patota cerrada. Era 1959 y Víctor Jara dirigía su primera obra, que era una pieza escrita por mí: ‘Parecido a la felicidad’. Fue un éxito tan despampanante que la escuela de teatro nos llevó de gira a Montevideo y Buenos Aires. Fue una locura, nos querían contratar para que nos quedáramos en Argentina. Y aparecieron unos productores que nos dijeron que la gira continuaba hasta México y que duraría seis meses porque era por Latinoamérica”.

“Pero cuando volví a Chile, no encontré trabajo fácilmente. En el mercado chileno yo no era muy conocido, y aunque estaba lo de ‘Parecido a la felicidad’, ahí figuraba más el director, Víctor Jara. Entonces escribí una obra que la dio la Chile, que se llamaba “La madre de los conejos”, pero se atemorizaron un poquito porque se hablaba de incesto. En ese tiempo yo me quería casar con Bélgica (Castro) y, buscando estabilidad, me metí a trabajar en la Biblioteca Nacional. De repente iba al teatro. Un día fui al Ictus y tenían una obra con la que casi morí de la risa. Aparte de ser muy buena, estaba muy bien actuada: era “El cepillo de dientes”, de Jorge Díaz. Allí trabajaban Carla Cristi y Jaime Celedón, y empecé a hacerle publicidad porque no quería que nadie se la perdiera. De alguna manera, Jorge Díaz se enteró de que yo era fan y me llamó para trabajar en “El velero en la botella”, que se estrenó en 1962: un montaje muy gracioso, muy contingente, muy atractivo”.

“Estuve casi cuatro años en el Ictus. Con Jorge empezamos a traducir juntos, también con Bélgica Castro, ‘La visita de la vieja dama’, de Friedrich Dürrenmatt, que montó el Ictus el año 62. Jorge era muy refinado, un arquitecto que tenía un muy buen estatus económico; nosotros éramos más de clase media y el diálogo con él era formal. Se me podía ver conversando con él y riendo, pero siempre formal. Mientras tanto, yo seguía trabajando en la Biblioteca e iba a ensayar, porque también actuaba. Jorge no tenía en ese entonces esa cosa de sentarse como de forma papal en un sillón. Él finalmente se fue del Ictus. Yo me quedé un año más, pero no encajaba en su humor, en la manera de hacer teatro y hacer chistes en el escenario. Había un montón de cosas que me cargaban: en el teatro de la Universidad de Chile éramos más serios, como monjes”.

DESDE EL EXILIO:
AMISTAD EPISTOLAR. “El teatro del absurdo -Ionesco, Beckett- era relativamente nuevo acá. Llevaba mucho tiempo, pero se conoció más tarde en Chile, empezó a aparecer el año 55, 56. Jorge Díaz tenía la inspiración de la libertad y no aferrarse al realismo. Pensaba que el teatro era más lírico o más disparatado. Fue muy refrescante e hizo varias obras en poco tiempo, cerca de dos al año. Entre las cosas que hacía, escribió un texto pensado en niños que se llamaba “Chumingo y El Pirata de Lata” y me pidió actuar en él. Yo debía ser El Pirata de Lata. Dirigía Mónica Echeverría y lo pasamos muy bien en ese montaje infantil. Jorge era una persona relajada y se reía mucho. Mucho. Me acuerdo que todo el mundo quería casarlo, las niñas también, pero no tuvimos mucho éxito. Y de repente, Jorge se fue. Yo había vuelto a trabajar con el teatro de la Universidad de Chile, estaba haciendo ‘La Remolienda’, y con Víctor Jara además habíamos hecho ‘Ánimas de día claro”‘.

“Entonces Jorge se fue, cerca de 1965. Nunca supe por qué. Después vino el golpe de Estado y estuvimos años sin vernos. Sabía que él estaba en España y que estaban montando sus obras, y todavía se hacían piezas suyas en Chile, como ‘El cepillo de dientes’, que es recurrente en el teatro de los últimos 50 años. Bélgica y yo estábamos viviendo en Costa Rica. Y de repente, un día llegó carta. Jorge Díaz tenía un grupo que trataba de reunir el material de todos los grupos chilenos de teatro del exilio, voluntario o involuntario. Nosotros estábamos afuera porque habían matado a Víctor Jara y nos fuimos a Costa Rica. Y la carta nos llegó a ese país. Allá existía Ministerio de Cultura mucho antes que acá en Chile y que el resto de Latinoamérica, ya que como no había ejército toda la plata se iba a cultura: ballet, ópera, teatro. Y el ministro de Cultura era muy fan de nuestro trabajo, entonces nos ayudaron a construir en una lavandería abandonada, e hicimos allí un teatro con todo: escenario, baños, escaleras, cafetería. El año 74 estrenamos “María Estuardo” y nos integramos al movimiento teatral costarricense. Había que incorporarse al país, no podía estar uno de visita. Entonces empezamos a llamar a gente joven y no tan joven, queríamos hacer una compañía integrada. Y era muy fácil que Jorge se enterara de esto porque él tenía redes. Entonces nos empezamos a cartear y él escribía unas cartas a máquina muy lindas porque dibujaba flores en las orillas, distintas ilustraciones. Todas esas cartas están guardadas. En ellas, nos contaba a Bélgica y a mí qué estaba haciendo él y las cosas que quería saber”.


“Cuando me gané el Premio Casa de las Américas (en 1974) con la obra ‘Pequeños animales abatidos’, Jorge Díaz organizó una lectura en España y me mandó por correspondencia los recortes de prensa y de la crítica”.

EL REGRESO
EN CHILE. “En diciembre de 1984, cuando regresamos a Chile, nos volvimos a desconectar de Jorge. De hecho, él no estaba instalado aquí cuando recibió el Premio Nacional de las Artes de la Representación en 1993. Fue tal vez el primero de los premiados que no postuló, sino que un miembro del jurado empezó a convencer al resto para que se lo dieran porque se lo merecía”.

“Cuando Jorge volvió desde España, lo recuerdo hablando una mescolanza, él siempre habló distinto. Desde siempre tuvo mejor dicción, hablaba más claro, más nítido, porque los padres eran españoles y él nació en Argentina y después se vino a Chile, muy chico. Pero la influencia de la casa fue más fuerte en el acento, la dicción, y él tenía una dicción espléndida”.

“También recuerdo que tenía un lado de diseñador muy humorístico. Todos los avisos los diseñaba él mismo: hacía collages como en ‘La visita de la vieja dama’: ponía la cara de la viejita en el cuerpo de una actriz de 1910 o en el cuerpo de la reina de Holanda. Además, hacía chistes para la revista Ercilla con papel pegado con dibujos”.

“Jorge no era muy hablador: era una persona de pocas palabras y, por lo tanto, hay muchas versiones de Jorge. Era enigmático. La verdad es que como actor-compañero era para matarse de la risa. Eso sí, aunque era una persona callada, discutía como enfermo cuando tenía algo que defender, ahí no lo callaba nadie. Pero si no tenía nada que decir, no decía nada de nada, ni ‘hola’ ni ‘aquí estoy’ ni nada”.

“Bueno, ahora que estoy ensayando su obra ‘El locutorio’ uno siempre piensa:’¿Qué diría Jorge si lo viera?’. Pero yo creo que le gustaría mucho, porque Jorge quería resultados. Los caminos para llegar al resultado son personales, es un trabajo que es parte de la profesión, lo importante es que haya resultados. Los autores siempre quieren que se les tenga respeto en su esencia, y la esencia de Jorge era la evolución del teatro, el cambio que se producía, y se habría fascinado con el tipo de soluciones que ha encontrado Cristián Plana en esta versión”.

“‘El locutorio’ es la historia de una pareja que se encuentra en un locutorio en una casa de atención mental y la pregunta en un comienzo es saber cuál de los dos está loco. La obra se ganó un premio en el Festival de Zaragoza en el año 1975. Lo que le interesaba a Jorge era no llegar a una conclusión, porque la conclusión la tiene que sacar el espectador. O sea, que el público no solo se divirtiera, sino que pensara un rato, que no le dieran todas las cosas hechas. El modo cambia, la forma en que transmites esa idea es la que cambia en el teatro, pero la idea no cambia… tú haces la obra porque te interesa esa idea”.

“Y a pesar de los años, siento que las obras de Jorge aguantan el paso del tiempo. Por ejemplo, creo que ‘El cepillo de dientes’ sigue siendo igual a lo que fue, porque lo bueno que tienen las obras clásicas es que permanecen jóvenes. Por eso son tan envidiables siempre”.

“El locutorio”.

Dramaturgia: Jorge Díaz. Puesta en escena: Cristián Plana. Elenco: Alejandro Sieveking y Millaray Lobos. Funciones del 13 mayo al 17 junio en Centro GAM.

“Jorge no era muy hablador: era una persona de pocas palabras y, por lo tanto, hay muchas versiones de Jorge. Como compañero era para matarse de la risa y discutía como enfermo cuando tenía algo que defender”.

“La esencia de Jorge era la evolución del teatro, y se habría fascinado con el tipo de soluciones que ha encontrado Cristián Plana en esta versión de ‘El locutorio'”.

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